Lo que queda de mayo del 68.

 

POLÍTICA

“El efecto más perdurable es la desconfianza hacia el poder”

Lo que queda de aquel Mayo del 68

SERGIO COLADO

Mientras las celebraciones del Dos de Mayo dan pie en nuestro país a polemizar sobre si hace 200 años nació el nacionalismo español o se postergó una vez más la modernización de la sociedad, en el país vecino se aprestan a analizar a otra efeméride. Hace cuarenta años en las calles de París se iniciaron las revueltas estudiantiles y sindicales que conmocionaron Europa y que pasaron a la historia como Mayo del 68. Las motivaciones y las consecuencias de aquel movimiento inicialmente de carácter efímero, utópico y ambiguo pero que ha tenido repercusiones innegables son analizadas por Fernando Vallespín, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y catedrático de Teoría Política en la Universidad Autónoma.

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En el artículo De la rebelión al consumo, publicado por la revista Foreign Policy (FP), Vallespín se pregunta por las condiciones de fondo que han quedado hoy sepultadas y llevaron a un movimiento de revuelta estudiantil que no se ajustaba “a los patrones de los movimientos marxistas tradicionales o en la izquierda radical al uso”. Unos jóvenes acomodados que Raymond Aron, el anti-Sartre, definiera como “niños de papá tocados por la gracia”.

La opulencia no es suficiente
Vallespín recuerda algunos de los acontecimientos intelectuales que precedieron al movimiento o se estaban produciendo en esos momentos en otros puntos. Cita si no como influencia sí como premonitorio de lo ocurrido el libro de La sociedad opulenta, del economista canadiense Kenneth Galbraith, publicado en 1958, en el que alertaba “del error de considerar el crecimiento económico como un fin en sí mismo (…) sin atender a otros factores más extensos”. Galbratih prescribía un Estado más fuerte que pudiera dirigir a la sociedad cada más autorregulada “hacia objetivos más humanos y más pendientes de la verdadera autorrealización del individuo”. Así, este economista supo “anticipar con claridad lo que después preocuparía a los hijos más inquietos de esa sociedad opulenta”. En este sentido, Vallespín recuerda movimientos actuales como lo antiglobalización.

Sin “sujeto revolucionario”
También cita la obra de Marcuse y la Escuela de Frankfurt, advirtiendo premonitoriamente de que “la carencia de un sujeto revolucionario una vez transformado el proletariado en un objeto más de los supuestos beneficios consumistas” lastra la oposición al sistema, y así “éste se reproduce sin necesidad de tener que recurrir a la represión”.

Liberación política, sexual y de costumbres
Bien al contrario, Mayo del 68 habría servido para reforzar en parte al sistema en cuanto a que otorgaron a una nueva generación ascendente “las posibilidades para la libertad y para una vida más plena y lidibinosa”, unas pautas de comportamiento que ya no se ajustaban al modelo de sus padres. “De ahí que la liberación política se diera de la mano con la sexual y de costumbres”, señala Vallespín.

Sin palacios de invierno
Sin embargo, aquellos estudiantes, a los que se sumaron los sindicatos, no tenían un poder concreto que derribar, ningún “Palacio de Invierno que tomar”. Uno de los efectos del desarrollo tecnológico ha sido la configuración de “una nueva forma de poder anónimo e inaprensible”.

“Solidez del blindaje”
La rebelión fue cerrada con las elecciones anticipadas convocadas por De Gaulle y donde la izquierda fue derrotada, y después de una multitudinaria manifestación en defensa del orden y de que el Partido Comunista abandonara a su suerte al movimiento. “Con ello se puso de manifiesto la solidez del blindaje de las sociedades opulentas frente a veleidades revolucionarias”, concluye Vallespín, para quien “de la democracia burguesa no se transitaría ya ni en Francia ni en ningún otro lugar hacia una democracia popular o a un nuevo tipo de socialismo”.

Regeneración política
En cualquier caso, el movimiento tuvo consecuencias. El general De Gaulle apenas sobrevivió políticamente hasta el año siguiente y “pronto se fue más o menos consciente de que había empezado un proceso de renovación de la anquilosada democracia liberal”, con consecuencia como “la incorporación directa a la vida política de los jóvenes y las mujeres” y una mayor apertura de los partidos a las voces de la sociedad.

Un “permisividad” indispensable para el sistema
Vallespín también alude al “efecto más hondo y perdurable” de la revuelta: “la desconfianza hacia el poder, hacia todo tipo de poder; su veta antiautoritaria, en el sentido más amplio de la autoridad”. “Seguramente fuera esto lo que Sarkozy tenía en mente cuando durante la pasada compaña presidencial llamó a acabar con la herencia del 68”, advierte el autor del artículo. Un temor a la permisividad que han enarbolado los neconservadores de todo el mundo. Sin embargo, “la cultura de la permisividad y la ruptura de los controles puritanos sobre la libidinosidad no sólo no son un peligro para el nuevo orden sino su presupuesto necesario”.

Ahora basta con “conservar lo existente”
El artículo concluye con una conclusión algo alarmante sobre las “ironías” de la historia: “En unos momentos en los que ya ni siquiera creeemos en el progreso y el futuro se nos muestra cargado de temores, parece como si ya tuviéramos bastante con conservar lo existente”.

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