Libros imprescindibles. Daniel Innerarty: “El nuevo espacio público”

200604271nuevoespaciopublico_trat.jpg El elegido para la presentación pública del ensayo de Daniel Innerarity fue Fernando Vallespín, catedrático de ciencia política, director del Centro de Investigaciones Sociológicas y uno de los cerebros del ala liberal del PSOE. No es coincidencia: Innerarity es uno de los pensadores españoles más influyentes de ese espectro ideológico, leído y considerado en Ferraz e intelectualmente conocido y apreciado por Zapatero. Y si el pensador bilbaíno es una de las fuentes de influencia del socialismo actual, al menos en su vertiente teórica, El nuevo espacio público podría considerarse un buen compendio de las visiones y de los argumentos del pensamiento progresista contemporáneo.Ganador del Premio Nacional de Ensayo y del premio Espasa, colaborador de Claves (la revista de los intelectuales de Prisa, que dio un adelanto del presente libro), Innerarity y su obra son un buen ejemplo del camino que el pensamiento de izquierdas ha recorrido desde sus referentes del pasado, que le anclaban a los asuntos materiales, al Estado del Bienestar y a las formas regladas de conflicto social, hasta su desmaterializado presente, vinculado a cuestiones culturales como la religión, el matrimonio entre homosexuales, el derecho a la diferencia, la mayor flexibilidad hacia las reivindicaciones de los nacionalismos, etc. Y textos como el presente nos demuestran sobre qué bases se ha realizado el trayecto.El reparo más inmediato podría surgir en lo formal: poseedor de una escritura templada, que sabía incorporar al lector menos versado, apuesta en este caso, aún sin abandonar sus parámetros estilísticos, por hacer sus argumentos un punto menos didácticos. Por lo demás, El nuevo espacio público supone la continuación de las temáticas abordadas en sus anteriores obras, La transformación de la política y La sociedad invisible, tomando ahora como eje la preocupación por el corazón de la política, el espacio público.

Innerarity observa que ese ámbito ha perdido la eficacia que de él se esperaba, concurriendo varios motivos que explicarían su decaimiento. Desde luego, por la preeminencia de lo emotivo y de lo emocional, que termina por espectacularizar ese sustrato común a través de los medios de comunicación. Pero también por una cierta patología de la despertenencia, una suerte de incredulidad y de desapego respecto de la participación en los asuntos compartidos que ha arraigado en nuestras sociedades.

Además, porque la pérdida de peso de la política en nuestra sociedad, tomando como referencia anteriores décadas, donde las reflexiones y argumentos políticos estaban mucho más presentes, ha tenido como consecuencia el aumento de una contestación irresponsable. Y, como elemento esencial, porque, para el pensador vasco, la debilidad del poder contemporáneo consiste en que, al carecer de un igual al que enfrentarse, como ocurría en los tiempos de la Guerra Fría, el poder no fuerza al respeto sino que atrae la indignación, el rencor y el odio. Ya no suscita su doble, sino su contrario. El poder ahora termina por producir simple contestación.

Habría, además, un par de problemas externos que amenazarían ese espacio desde el que articular las relaciones sociales. El primero de ellos es el deseo de los líderes religiosos de ejercer una función dominante; la religión, según Innerarity, debería permanecer en el ámbito privado, es decir, sin ocupar ya una fuente normativa en la configuración de ese mismo espacio. Lo que no parece ser aceptado sin roces en nuestra época.

La segunda cuestión giraría en torno a la despolitización que ha producido esa demanda imperiosa de eficacia económica, una tendencia que ha sometido el impulso político, quebrando tradiciones y convirtiendo aquellas sociedades lineales sin demasiados sobresaltos, con una clase media estable y en aumento, en entornos inestables, de elevada competencia, sin apenas regularidades y con sus estratos medios en crisis.

Las formas de afrontar esos problemas actuales tendrían un punto de encuentro, el lugar donde se articula aquello que todos en la sociedad comparten. Pero, ¿cómo debería ser ese espacio público? ¿Qué características le definirían? Las recetas que propone el autor vasco no se apartan en exceso de la dirección que el pensamiento progresista ha tomado en los últimos años.

En primer lugar, exige que ese espacio sea lo suficientemente amplio para contener las irregularidades, la excepción y el desacuerdo, rechazando las formas de pensamiento que reducen las cosas a la uniformidad y la homogeneidad. Debe apostar, además, por una visión empática, que nos sitúe en el punto de vista del otro, respetando y comprendiendo aquello que incluso no se comparte, entendiendo que el mundo admite más de una perspectiva.

Ha de tender hacia la cosmopolitización, es decir, hacia la conversión de ámbitos entregados a lo natural (donde rigen la tradición o la autoridad incuestionable) en asuntos sobre los que se debe discutir y que han de ser sometidas a acuerdos. Así habría de ocurrir en los más diversos escenarios, desde las formas de organización sociales hasta las relaciones internacionales. Por último, el espacio público debe ser un lugar de responsabilización, donde las formas cooperativas y de integración no produzcan zonas que queden fuera de la ley, sino que permitan una mayor participación democrática en los asuntos comunes.

En definitiva, el ensayo de Daniel Innerarity, un texto que es especialmente interesante si se reparan en sus fragmentos, resulta útil para entender cuáles son las perspectivas desde las que se entiende la política en nuestra época.

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