El gran fichaje Pizarro, abandonado por Rajoy en medio de un PP sin norte.

POLÍTICA

 

Pizarro cumplió su deber de patriota pero se queda sin nada

Génova no paga a los leales

En el imaginario colectivo de la derecha, Manuel Pizarro fue, en estos últimos años, una especie de coronel Moscardó, el héroe de El Alcázar de Toledo, quien en 1936 resistió valientemente el asedio de los rojos. Prefirió que mataran a su hijo Luis, rehén de gentes abyectas –por supuesto, sin Dios y sin Patria-, antes que rendirse a los asaltantes. Le explicó telefónicamente su hijo: “Que dicen que si no te rindes, me van a fusilar”. Le contestó el glorioso militar: “Pues encomienda tu alma a Dios y muere como un patriota, dando un grito de ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva España!”.

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Gesta épica la de Moscardó sólo equiparable a la de Guzmán el Bueno, quien también consintió, hacia el año 1294, que los cristianos felones y los moros degollaran a su hijo, puesto que él no quería, bajo ningún concepto, entregar la plaza de Tarifa a los enemigos. La unidad de nuestra nación se forjó gracias a epopeyas como la de Guzmán el Bueno. Sólo la dignidad de los héroes explica la grandeza de España.

Contra la codicia de los separatistas
Pues bien, no cabe la más mínima duda de que Pizarro se hubiera comportado igual, aunque por fortuna no tuvo que enfrentarse a tan dramático brete. Pero Pizarro figurará -a lo largo de los siglos y con todo derecho- en el cuadro de honor de los defensores de España. Recuérdese que preservó -con denuedo y viril coraje- a Endesa de la codicia, primero de los separatistas catalanes y, más tarde, de Acciona, empresa española, pero en manos patrióticamente pusilánimes, aliada con Enel, poderosa compañía italiana, manejada hace un año aproximadamente por Romano Prodi y otros peligrosos progresistas.

Recompensas a los héroes
Moscardó y Guzmán el Bueno recibieron a causa de sus portentosas hazañas todo género de honores y de merecidas recompensas. El Generalísimo Franco le nombró jefe de su Casa Militar, capitán general, conde del Alcázar de Toledo, jefe nacional de Deportes y presidente del Comité Olímpico Español. Guzmán el Bueno fue colmado de títulos y de posesiones por orden del Rey Sancho IV de León y de Castilla, que lo designó además alcalde de Tarifa.

Humillación pública
Pero Pizarro, en cambio, no sólo no ha sido premiado, sino que ha sido públicamente humillado. Requerido por Su Majestad Rajoy para continuar la cruzada desde las filas de la política fue presentado ante los suyos cual si, en efecto, se tratara de un héroe o –dicho en términos más modernos- de un superman de la economía. No vaciló ante la petición de su señor y amigo –creía que era amigo-, Mariano el Derrotado. Abandonó una jubilación de oro como consejero de Telefónica. Se subió de nuevo al caballo, se puso el yelmo y la coraza. Desenvainó la espada.

“Yo no quiero nada, Mariano”
Cumplió con su deber de patriota. “Yo no quiero nada, Mariano”, le espetó el héroe a Mariano I hace unas horas, en el Congreso de los Diputados. La vicepresidencia de la Comisión de Economía, que le fue ofrecida, era un sarcasmo. El País de ayer narró gráficamente la escena. En la prensa afín a Pizarro señalan “la incómoda situación en la que ha quedado Manuel Pizarro” (…) “al que hace sólo tres meses se presentó como el fichaje estrella y hoy se margina como un juguete roto”.

Lealtad y traición
Roma no pagaba a los traidores. Ahora, Génova no paga a los leales. ¿Pero quiénes son los leales? ¿Y quiénes, los traidores? El diario mencionado resaltaba en su portada: “El nuevo curso agudiza la crisis de autoridad del presidente del PP” Ahí está el principal problema del actual PP, más allá de lealtades y de traiciones. Es un líder sin autoridad y errático. Con él nunca se acaba de saber dónde está la lealtad y dónde la traición.

Enric Sopena es director de El Plural .

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